25.2.05

El Estado no tiene absolutamente nada que ver con el narcotráfico

1. No existe ningún organismo oficial, creado por la Constitución o por leyes nacionales ni provinciales, o por ordenanzas municipales que se dedique al comercio de drogas.

2. La empresa Southern Winds (vientos del sur ¿patagónicos, tal vez?) recibe un subsidio del Estado nacional, seguramente determinado por un decreto firmado por el Presidente Néstor Carlos Kirchner, o en su defecto por una ley del Congreso promulgada por el mismo presidente. Pero eso no sifnifica que ese subsidio sea el costo del flete del transporte de la cocaína encontrada (y también la no encontrada) en Madrid, ya que en el punto 1. habíamos demostrado que el Estado no trafica cocaína ni ningún otro estupefaciente.

3. Pero si el Estado no es narcotraficante, ¿es posible que haya algunos funcionarios que tengan actividades extracurriculares, aprovechando las ventajas de controlar a quienes deberían controlar? La creencia popular dice que esto es absolutamente cierto.

18.2.05

No aprendimos nada?

The debt crisis that has taught lenders nothing
By Alan Beattie
Published: February 17 2005 02:00 | Last updated: February 17 2005 02:00

AND THE MONEY KEPT ROLLING AND OUT) Wall Street, the IMF and the Bankrupting of Argentina By Paul Blustein PublicAffairs $27.50

An economic crisis as astonishing as Argentina's deserves a detailed forensic examination, and in Paul Blustein's second book it receives it.

Blustein, a reporter on the Washington Post, has reprised the journalistic approach that made his first book, on the complex issue of the International Monetary Fund and the Asian crisis, unexpectedly readable. Through interviews with the leading figures in Argentina, on Wall Street and within the IMF, he reconstructs the riveting narrative of a nation that in 2001 committed the biggest sovereign debt default in history.

Out of this narrative come several important conclusions. One is that the familiar criticism of the IMF's actions - that it capriciously imposed fundamentalist free-market policies on Argentina and abandoned it to chaos when they failed - is 180 degrees in the wrong direction. The IMF, wisely as it turned out, was initially suspicious of the dollar peg currency regime that Argentina adopted in 1991 and which proved the country's undoing. But the fund became impressed by the peg's early success in reducing inflation, entranced by Argentina's dynamic but ultimately dangerous finance minister Domingo Cavallo, and breathlessly enthusiastic about the (somewhat botched) privatisation and liberalisation programme of the 1990s.

Accordingly, it suppressed its misgivings about Argentina's inability to balance its budget and its consequent need to borrow dollars from the global capital markets at ever-higher rates to back the dollar peg. Far from imposing the "Washington Consensus" (the first component of which, let us recall, is fiscal discipline) on Argentina, the IMF was fatally complicit in its violation. As the crisis deepened in 2000 and 2001, the fund was so keen to avoid blame for pulling the plug that it continued to lend until all hope was extinguished.

One interesting revelation is the full extent of disquiet within the IMF about feeding Argentina's borrowing habit. There is a marked contrast between the face of monolithic certainty that the IMF presented to the world and the intense private debate within.

But in truth the IMF was only a bit-part player that fed out a futile $15bn lifeline as Argentina sank into a mire of more than $100bn of sovereign debt. The crisis was not primarily made in Washington. Blustein finds the real culprits in Buenos Aires and New York: the Argentines who peddled a falsely glowing vision of their country's economic renewal and the herd-like investors who believed the story or simply tracked the index of emerging debt. A bizarre quirk of index-tracking means that emerging market investors increase their exposure to troubled governments that issue more debt, likened by one expert to an AA programme that rewards heavy drinkers by giving them more booze.

As the book's title implies, the capital markets gave Argentina a lot of rope with which to hang itself. (A little more sympathy is due for the thousands of relatively unsophisticated Italian and German retail investors who bought Argentine bonds because yields were high without understanding that with higher reward comes higher risk.)

Of particular note is the conflict of interest on Wall Street. In a similar fashion to the hypocrisy during the dotcom bubble, the same banks that profited from conducting Argentina's doomed debt operations were consistently too optimistic about the country's ability to turn itself round.

In contrast to his earlier book on the Asian crisis, which skated over the policy implications, Blustein this time examines in detail the proposals to prevent such a mess recurring. He singles out the "sovereign debt restructuring mechanism" - a kind of Chapter 11 for bankrupt governments, proposed by the IMF but blocked by the current regime at the US Treasury - as a potentially useful addition to the architecture of international finance.

Such solutions, though, today seem as remote as ever. The Argentina crisis does not seem to have provoked much soul-searching among the protagonists except, perhaps, the IMF, which has gone through one of its periodic exercises in agonised introspection. A combination of Argentina's smart economic recovery since the 2001 default and an extraordinarily bullish mood in global capital markets has left both Argentines and international investors confident that things are not broke and that there is no need to fix them.

Whether this mood survives the embittered restructuring negotiations between Argentina and its bondholders, now nearing their final stages three years after the default, is anyone's guess. But the destructive possibilities of delinquent governments combined with reckless investors, as revealed by Blustein's timely book, remain worryingly potent.

The writer is the FT's world trade editor

10.2.05

El afán de lucro.

Recibo este mail y lo comparto con ustedes:

El afán de lucro.

En muchísimas oportunidades nos hemos referido al contraste que existe entre lo que podríamos llamar la mentalidad media de la población y el deseo de vivir en una economía capitalista como la existente en algunos países avanzados del mundo.
Desde siempre hemos resaltado el resentimiento que ataca a ciertos sectores del espectro ideológico hacia aquellos seres capaces de forjar riqueza sobre la base de su capacidad, su empeño, su dedicación y su sacrificio.
Igual cantidad de veces hemos dicho que el afán distribucionista de nuestros gobernantes y sus adláteres no se condice con la necesidad de acumular el llamado "capital per cápita" que garantiza una mejor calidad de vida para una comunidad.
También otras tantas hemos hablado de la necesidad de mejorar la eficiencia de nuestra economía, dado que entendemos que en tal eficiencia se juega la capacidad de competir internacionalmente con nuestros productos sin tener que recurrir a estafas devaluatorias que pauperizan nuestros ingresos y nuestros patrimonios en aras de un supuesto bien común.
No hemos logrado gran cosa, a decir verdad.
Pero eso no nos amilana.
La necesidad de machacar al respecto viene a cuento de lo ocurrido en Cromagnón y ciertos discursos en los que se hace hincapié en el "desmedido afán de lucro de ciertos empresarios".
Precisamente tales discursos motivan estas reflexiones que siguen, que no nos cansaremos de reiterar de una y mil maneras.
La generación de riqueza adicional se basa en ciertos principios elementales: contar con capital, tener inventiva, poder adquirir o desarrollar los elementos tecnológicos requeridos, producir a escala a costos competitivos y, por supuesto, obtener beneficios.
En este esquema, desde ya, no entran cuestiones tales como reemplazar máquinas emisoras de tiques por empleados que vendan los mismos, como ocurrió hace poco en el Subterráneo de Buenos Aires (una descripción magnífica de lo que estamos planteando, ya que la gente del sindicato hasta realizó encuestas entre el público usuario, donde mayoritariamente se recibió el apoyo al sistema de ventas por empleados -sería interesante realizar ahora una encuesta entre los fabricantes y empleados de la empresa constructora de las máquinas expendedoras, que obviamente se quedaron sin el mercado de marras, pero es demasiado obvio el resultado-).
La creación de riqueza por métodos eficientes y competitivos incluye, desde ya, el hecho de que el Estado no exprima al contribuyente mediante creaciones de impuestosa las ganancias y al capital progresivos y virtualmente "cazadores de recompensas", como ocurre en muchas partes del mundo.
Máxime cuando tales exacciones se destinan a pagar sueldos y honorarios de la caterva de amigos y punteros que ingresan a la función pública una y otra vez para quedarse allí para siempre e incluso acomodar a hijos y entenados.
Es decir, cuando no existe en tal exacción el afán de satisfacer necesidades en materia se servicios para la comunidad.
El afánde lucro es, en sí, un acto perfectamente legítimo y que persiguen muchísimos seres humanos en este mundo, si no todos.
Y cuando decimos "todos" debemos aclarar que el lucro no es, para nosotros,solo el hecho material de ganar dinero, sino que también cuestiones espirituales como "ganar el cielo" entranen la afanosa búsqueda de la felicidad.
Sabemos que estamos forzando el significado del provecho o ganancia de una cosa, que implica el tal lucro.
Pero no deja de ser proverbialemente válido reconocer que ganar la felicidad es también una ganancia, aunque no se mida en bienes materiales.
La idea de que cierta búsqueda de ganancias es "excesiva" conlleva la medida de las cosas a juicio de quien así la considera.
Y esto constituye una falacia de proporciones.
El mismo método que aplica el actual gobierno para exigir inversiones a empresas de servicios públicos cuyas tarifas se han reducido a la tercera parte de lo que eran con el argumento de que ganaron "mucho" es ahora usado para acusar al empresario Chabán por su acción de produnda indignidad humana en el boliche incendiado.
Laviolación de elementales normas de seguridad ni siquiera debe ser producto de una exigencia de autoridades, porque el sentido común por sí solo nos dice que el camino a seguir en caso de riesgos es el de protegernos y proteger a quienes compran nuestro producto, el que fuera.
Chabán se arruinó la vida, creemos modestamente.
Y no por querer ganar "mucho", sino por una actitud demencial y fuera de toda lógica.
Las razones por las cuales una persona actúa fuera de la razón y de la lógica, son infinitas, y no solamente lo es querer ganar dinero.
Perdón, querer ganar "mucho" dinero.
Recordamos haber tenido alguna vez un intercambio de opiniones a raiz del accidente de LAPA en el Aeroparque y el afán de lucro de sus propietarios.
LAPAse fundió como consecuencia de ese accidente.
Bien.
Pero una sociedad no sobrevive únicamentesobre la base de "buena gente" que cumple con los preceptos básicos de conservación de la especie.
La toma racional de decisiones no siempre está presente en la vida, desgraciadamente.
Y eso no depende de afanes de lucro o de lo que fuera, sino del respeto de las normas en un Estado de Derecho.
Es decir que aunque no prive la lógica y la razón, los derechos y garantías constitucionales deben acudir para encauzar al más díscolo y sancionarlo en tanto y en cuanto viole derechos de los demás.
Como todos sabemos, hace rato que esto no ocurre en la Argentina.
Y precisamente no ocurre porque el foco se cambia de lugar dentro de la mentalidad a la que nos referimos al comienzo.
Cuando grupos de activistas empezaron a cortar rutas, ciertas voces ideologizadas nos tildaron de "intolerantes" por sostener que tales recursos deben ser cortados de raíz si queremos convivir dentro de las reglas constitucionales.
Se nos dijo que se trataba del último recurso para reclamar por "derechos".
Qué derechos.
Pues bien, a trabajar, a vivir dignamente, a tener un ingreso razonable.
Para que la gente tenga trabajo, viva dignamente y tenga un ingreso razonable, hacen falta inversiones.
Y las inversiones son por definición generadas en la intención de obtener ganancias.
Las inversiones no concurren a países inestables donde no se respetan contratos y donde ciertos políticos reparten bravuconadas pero no terminan de tomar el toro por las astas de la "reestatización" de una santa vez.
Y cuando hablamos de no respeto de contratos repetimos por enésima vez que nos referimos a todos, empezando por el celebrado por el propio Estado de mantener una moneda convertible al cambio oficial de un peso por un dólar.
En un país donde tales inversiones no concurren, ni concurrirán, no podemos esperar otra cosa que un empobrecimiento aún mayor una vez que se haya terminado el esquema ascendente producto de la utilización de la capacidad instalada para atender la demanda externa luego de la devaluación.
Chabán es un ejemplo de la irresponsabilidad a que nos referíamos hace unos días.
Pero no es el único ni de lejos.
Sin embargo es el único preso.
Repetimos: el único.
La persecución del afan de lucro como algo pecaminoso e indigno es la que nos lleva de cajón a estos juicios de valor sobre lo que podríamos llamar la "cantidad de afán".
No hace falta pensar mucho para darnos cuenta de que estamos en el terreno de la subjetividad respecto de qué es mucho y qué es poco, a menos que tengamos parámetros objetivos para medir comparativamente tal hecho.
Y aún en el caso de que el afán sea a todas luces y medido en parámetros racionales, excesivo, cada cual es dueño de disponer el afán que le dé la real gana.
Ahora bien, la persecución del lucro como una cuestión pecaminosa tiene un trasfondo religioso evidente.
Pero hete aquí que sin lucro no crece el capital per cápita y sin inversiones del Exterior tampoco.
Y si el capital no crece, las posibilidades de mejorar la calidad de vida son nulas.
Una reflexión final sería la siguiente: un empresario que gana mucho dinero y que ocupa una determinada cantidad de empleados (digamos un Coto), es un señor de una enorme capacidad de creación y que seguramente destina enorme cantidad de horas a su trabajo.
Ese empresario debe atender luego a las cargas impositivas, previsionales, laborales y lo que fuere que parten del Estado, y además atender al sindicato que vive a sus expensas mediante retenciones compulsivas a los trabajadores.
Cuando ese empresario exterioriza un nivel de vida determinado, es odiado y perseguido por las mentalidades que asumen como pecaminoso el ganar dinero.
Pero si el empresario no llevara a cabo su actividad, es obvio que el trabajo desaparecería y toda la gente ocupada quedaría en la calle.
¿Por qué entonces se lo persigue y se lo odia? La palabra empresa deviene del verbo emprender.
Los emprendedores hacen cosas y de ellos depende el crecimiento material del mundo.
Del mismo modo que de los artistas dependen ciertos aspectos espirituales o culturales.
O de los deportistas geniales que hacen posibles grandes espectáculos donde se mueven millones de dólares.
Quienes presionan para terminar con los tales empresarios se basan, precisamente, en el odio al afán de lucro.
Se trata de la irracionalidad de quienes pasionalmente odian el éxito del otro.
Bien.
Estas consideraciones, como es obvio, no son populares entre nosotros.
Pero son ciertas.
Tales o cuales empresarios serán buenos o malos, justos o injustos, dadivosos o amarretes, buenos o pecadores, pero esencialemente son creadores.
Y si se ciñen a las leyes en un Estado de Derecho y no cometen delitos, tienen derecho de ser como se les cante.
Y si no se ciñen a tales leyes, el problema es otro.

Héctor Trillo